
Tres días a la semana atravesaba yo este embalse. Iba en coche, sin poder detenerme, pero al abandonar el puente me invadía la sensación de que algo importante se había quedado atrás. Sobre todo en los días de tormenta, con el sol intentando romper los tenaces almohadones morados que parecían querer ahogar la tierra. Su rojo reflejo en el embalse. La tierra árida con sus impúdicos pezones al aire. Y mucho, mucho cielo por doquier, cielo que te quita el aliento, cielo que te trae un trago de alivio.
El día que pude finalmente bajarme y sacar cuatro fotos era más bien apaciguado, pero el embalse seguía transmitiéndome algo inefable...
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