I
La puerta se abrirá
y fuera
seguirá nevando.
Tras el enjambre blanco
los árboles se girarán bailando
atormentados por el vendaval.
Calada hasta los huesos la patrulla
desfilará jurando. Y detrás
ridículos en su afán
de no helarse
recónditas siluetas pasarán
entre las cuales no habrá ninguna que no huya
y – aunque mi mirada empiece a sangrar –
ya no veré la tuya.
II
Y a pesar de todo te veré
atravesar el mar de abejas blancas:
tú entrarás, y yo me acercaré
sin atreverme a preguntarte nada.
Y entrará también la eternidad
para que nuestro encuentro acabe siendo
cuanto hace falta para apagar la sed
de un peregrino en viaje al desierto.
* * *
La casa se estremece, se sonroja
burlada por el viento en la azotea:
primero la insulta, la golpea
y luego la humilla, la acongoja,
la ahoga entrando por la chimenea
y escupe polvo, arena, grava, hoja
la violaría – no se le antoja –
ahí la deja en celo, en berrea
y suspirando en ansia invencible:
ha sido libre. Pero ya no es libre.
Aún la espera una ofensa triple:
la lluvia ya envía sus armadas
y las primeras gotas, tan pesadas,
le arrean tres sonoras bofetadas.
sábado, 28 de marzo de 2009
martes, 17 de marzo de 2009
El anochecer (vuelvo a publicarlo para una persona importante)
Los soldados con uniformes rosas llegaron en barcos. Llevaban capas, y aí consiguieron infiltrarse en el ejercito azul. Callaban. Sus rostros, severos e impenetrables, apenas expresaban la emoción de lo que llevaban en su interior. Pero cada segundo eran más, y pronto pudieron deshacerse de su cáscara protectora para mostrar lo que eran: libertad, rebelión, transgresión. Los azules, paralizados de miedo, apenas lucharon: los que cayeron tiñeron de sangre el uniforme de los que luchaban a su lado.
Así empezó la época de la libertad: todos salieron a la calle empujándose para llegar los primeros, aunque muchos de los que salían caían mareados, ya que estaban acostumbrados al aire mohoso y recargado de sus cuchitriles, que llevaban años respirando en soledad. Todo era aire y todo era color: el púrpura de las buenas intenciones, el carmesí de la pureza y el rojo sangre de la voluntad. Las calles se ahogaban de abrazos. A las puertas les dolían los músculos de tanto abrirse para dar paso a los que entraban.
Era tanta la emoción que bajo sus efectos el mundo empezó a elevarse. Con sorpresa se descubría que el suelo bajo los pies se alejaba tamboleándose para dar lugar al vuelo. Los uniformes rosas, que ya se habían despojado de las armas, volaban más aliviados, y la muchedumbre les seguía más abajo. Los que habían cogido menos color apenas se arrastraban a ras de tierra intentando dar saltitos para fingir el vuelo.
Ese fue el momento de la contraofensiva.
Los azules venían callados, y cargados de armamentos. El pánico cundió enseguida: los que no habían subido lo suficiente ahora fingían que nunca habían intentado volar. Su ropa, que no llegó a teñirse de rosa, ahora se volvía gris, y sus gritos de júbilo no tardaron en transformarse en una queja ronca, pareja al silbido de las serpientes, llena de odio.
Volvieron los tiempos de guerra. A medida de que se ahogaban los cantos, se perdía la intensidad de los colores; los ánimos bajaban y cada vez había más bajas entre los uniformes rosas.
Poco a poco un azul monótono, pesado, casi gris se extendió en todos los dominios de la tierra. Sólo en el monte aún actuaban los últimos grupitos de los rosas.
Pero en vano.
Un tremendo cansancio se había apoderado del mundo. Se extinguieron los cantos y la gente hacía como que nunca había oído nada semejante. Ahora hasta la sangre de los últimos rebeldes no era roja: era amarilla, y olía a pudredumbre.
Entonces volvieron los barcos. Silenciosos, venían a recoger las ánimas de los caídos para llevarlas a las tierras del más allá. Los que aún se atrevían a mirarlas pronto las perdían de vista.
Llegó la noche.
Así empezó la época de la libertad: todos salieron a la calle empujándose para llegar los primeros, aunque muchos de los que salían caían mareados, ya que estaban acostumbrados al aire mohoso y recargado de sus cuchitriles, que llevaban años respirando en soledad. Todo era aire y todo era color: el púrpura de las buenas intenciones, el carmesí de la pureza y el rojo sangre de la voluntad. Las calles se ahogaban de abrazos. A las puertas les dolían los músculos de tanto abrirse para dar paso a los que entraban.
Era tanta la emoción que bajo sus efectos el mundo empezó a elevarse. Con sorpresa se descubría que el suelo bajo los pies se alejaba tamboleándose para dar lugar al vuelo. Los uniformes rosas, que ya se habían despojado de las armas, volaban más aliviados, y la muchedumbre les seguía más abajo. Los que habían cogido menos color apenas se arrastraban a ras de tierra intentando dar saltitos para fingir el vuelo.
Ese fue el momento de la contraofensiva.
Los azules venían callados, y cargados de armamentos. El pánico cundió enseguida: los que no habían subido lo suficiente ahora fingían que nunca habían intentado volar. Su ropa, que no llegó a teñirse de rosa, ahora se volvía gris, y sus gritos de júbilo no tardaron en transformarse en una queja ronca, pareja al silbido de las serpientes, llena de odio.
Volvieron los tiempos de guerra. A medida de que se ahogaban los cantos, se perdía la intensidad de los colores; los ánimos bajaban y cada vez había más bajas entre los uniformes rosas.
Poco a poco un azul monótono, pesado, casi gris se extendió en todos los dominios de la tierra. Sólo en el monte aún actuaban los últimos grupitos de los rosas.
Pero en vano.
Un tremendo cansancio se había apoderado del mundo. Se extinguieron los cantos y la gente hacía como que nunca había oído nada semejante. Ahora hasta la sangre de los últimos rebeldes no era roja: era amarilla, y olía a pudredumbre.
Entonces volvieron los barcos. Silenciosos, venían a recoger las ánimas de los caídos para llevarlas a las tierras del más allá. Los que aún se atrevían a mirarlas pronto las perdían de vista.
Llegó la noche.
Ha sido
Lo que pasó ha sido. Has sido mía.
Y quiero que se convierta en letanía:
Cada instante de tu aliento de enamorada
ha sido.
Cada caricia invisible y callada
ha sido.
Miel y mostaza que llenaban mis entrañas
han sido.
La luz que tus pupilas emanaban
ha sido, ha sido, ha sido, ha sido, ha sido.
Ha sido,
y lo grito en las esquinas
Y el alba ha despertado encinta
Y el aire y las olorosas hierbas
Traían dones al amor nacido.
Ha sido,
Y el tiempo se ha detenido.
Y entre tu sonrisa y la mía
Apenas hay distancia ni olvido.
Y el sol se llevará día tras día
Con nuestra imagen en su lento pensamiento
Tu nombre y mi nombre repitiendo.
Y quiero que se convierta en letanía:
Cada instante de tu aliento de enamorada
ha sido.
Cada caricia invisible y callada
ha sido.
Miel y mostaza que llenaban mis entrañas
han sido.
La luz que tus pupilas emanaban
ha sido, ha sido, ha sido, ha sido, ha sido.
Ha sido,
y lo grito en las esquinas
Y el alba ha despertado encinta
Y el aire y las olorosas hierbas
Traían dones al amor nacido.
Ha sido,
Y el tiempo se ha detenido.
Y entre tu sonrisa y la mía
Apenas hay distancia ni olvido.
Y el sol se llevará día tras día
Con nuestra imagen en su lento pensamiento
Tu nombre y mi nombre repitiendo.
martes, 10 de marzo de 2009
acerca de lo ancho que es el hombre
según Dostoyevsky, por supuesto. Ancho porque no diferencia entre el bien y el mal...
He aquí una consideración al respecto:
Tú que me miras desde el espejo
¿Qué sabes tú de mi dolor secreto
De ser mortal y eterno?
Me estás midiendo en relación a tu pureza
Reflejo de una fuerza, mientras yo soy fuerza
Que siembra igual la flor y la maleza.
Soy ruin y noble. Soy una inagotable fuente
De alto valor y una vileza inerte
Porque nací humano... Y tu afán prudente,
Pobre reflejo mío, nunca podrá abarcarme
ni yo entenderte.
He aquí una consideración al respecto:
Tú que me miras desde el espejo
¿Qué sabes tú de mi dolor secreto
De ser mortal y eterno?
Me estás midiendo en relación a tu pureza
Reflejo de una fuerza, mientras yo soy fuerza
Que siembra igual la flor y la maleza.
Soy ruin y noble. Soy una inagotable fuente
De alto valor y una vileza inerte
Porque nací humano... Y tu afán prudente,
Pobre reflejo mío, nunca podrá abarcarme
ni yo entenderte.
sábado, 7 de marzo de 2009
quiero quedarme despedazado
cada persona que veo siembra en mi una planta
las riegue o no las riegue siempre siguen en mi
qué extraño
ver brotes de gente ajena
en mi propio cuerpo...
y qué ganas de quedarme
en los demás, de que me rieguen
me hablen, me beban, me compartan
despedazado quiero quedarme
hecho añicos quiero quedarme
aprovechadme, atadme:
aquí estoy, a un soplo de viento,
a una palma, a un aliento,
a un contigo y a un te quiero.
las riegue o no las riegue siempre siguen en mi
qué extraño
ver brotes de gente ajena
en mi propio cuerpo...
y qué ganas de quedarme
en los demás, de que me rieguen
me hablen, me beban, me compartan
despedazado quiero quedarme
hecho añicos quiero quedarme
aprovechadme, atadme:
aquí estoy, a un soplo de viento,
a una palma, a un aliento,
a un contigo y a un te quiero.
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