I
La puerta se abrirá
y fuera
seguirá nevando.
Tras el enjambre blanco
los árboles se girarán bailando
atormentados por el vendaval.
Calada hasta los huesos la patrulla
desfilará jurando. Y detrás
ridículos en su afán
de no helarse
recónditas siluetas pasarán
entre las cuales no habrá ninguna que no huya
y – aunque mi mirada empiece a sangrar –
ya no veré la tuya.
II
Y a pesar de todo te veré
atravesar el mar de abejas blancas:
tú entrarás, y yo me acercaré
sin atreverme a preguntarte nada.
Y entrará también la eternidad
para que nuestro encuentro acabe siendo
cuanto hace falta para apagar la sed
de un peregrino en viaje al desierto.
* * *
La casa se estremece, se sonroja
burlada por el viento en la azotea:
primero la insulta, la golpea
y luego la humilla, la acongoja,
la ahoga entrando por la chimenea
y escupe polvo, arena, grava, hoja
la violaría – no se le antoja –
ahí la deja en celo, en berrea
y suspirando en ansia invencible:
ha sido libre. Pero ya no es libre.
Aún la espera una ofensa triple:
la lluvia ya envía sus armadas
y las primeras gotas, tan pesadas,
le arrean tres sonoras bofetadas.
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