martes, 17 de marzo de 2009

El anochecer (vuelvo a publicarlo para una persona importante)

Los soldados con uniformes rosas llegaron en barcos. Llevaban capas, y aí consiguieron infiltrarse en el ejercito azul. Callaban. Sus rostros, severos e impenetrables, apenas expresaban la emoción de lo que llevaban en su interior. Pero cada segundo eran más, y pronto pudieron deshacerse de su cáscara protectora para mostrar lo que eran: libertad, rebelión, transgresión. Los azules, paralizados de miedo, apenas lucharon: los que cayeron tiñeron de sangre el uniforme de los que luchaban a su lado.
Así empezó la época de la libertad: todos salieron a la calle empujándose para llegar los primeros, aunque muchos de los que salían caían mareados, ya que estaban acostumbrados al aire mohoso y recargado de sus cuchitriles, que llevaban años respirando en soledad. Todo era aire y todo era color: el púrpura de las buenas intenciones, el carmesí de la pureza y el rojo sangre de la voluntad. Las calles se ahogaban de abrazos. A las puertas les dolían los músculos de tanto abrirse para dar paso a los que entraban.
Era tanta la emoción que bajo sus efectos el mundo empezó a elevarse. Con sorpresa se descubría que el suelo bajo los pies se alejaba tamboleándose para dar lugar al vuelo. Los uniformes rosas, que ya se habían despojado de las armas, volaban más aliviados, y la muchedumbre les seguía más abajo. Los que habían cogido menos color apenas se arrastraban a ras de tierra intentando dar saltitos para fingir el vuelo.

Ese fue el momento de la contraofensiva.
Los azules venían callados, y cargados de armamentos. El pánico cundió enseguida: los que no habían subido lo suficiente ahora fingían que nunca habían intentado volar. Su ropa, que no llegó a teñirse de rosa, ahora se volvía gris, y sus gritos de júbilo no tardaron en transformarse en una queja ronca, pareja al silbido de las serpientes, llena de odio.
Volvieron los tiempos de guerra. A medida de que se ahogaban los cantos, se perdía la intensidad de los colores; los ánimos bajaban y cada vez había más bajas entre los uniformes rosas.
Poco a poco un azul monótono, pesado, casi gris se extendió en todos los dominios de la tierra. Sólo en el monte aún actuaban los últimos grupitos de los rosas.
Pero en vano.
Un tremendo cansancio se había apoderado del mundo. Se extinguieron los cantos y la gente hacía como que nunca había oído nada semejante. Ahora hasta la sangre de los últimos rebeldes no era roja: era amarilla, y olía a pudredumbre.

Entonces volvieron los barcos. Silenciosos, venían a recoger las ánimas de los caídos para llevarlas a las tierras del más allá. Los que aún se atrevían a mirarlas pronto las perdían de vista.
Llegó la noche.

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