Этот странный овал от свечи
Как лицо, что дрожит, но молчит.
Твои губы бледнее, чем воск, и лучи
От свечи как твои палачи.
Ты улыбку зовешь, но сурьма
Губы крепит, как лед, оковавший суда.
И внутри, и снаружи – зима.
Раз зачтен приговор, что же ждем мы суда?
Пальцы пальцев невольно не смеют коснуться,
И молчания давит глухая стена.
И больней, чем свеча, обжигает вина,
И пьянее вина твоих губ перепутья…
domingo, 5 de diciembre de 2010
Cantabria en otoño

Hemos estado en Cantabria, hemos vuelto al puerto de las Estacas y era como cruzar una frontera, te faltaba aire, algo en tu cuerpo quería salir a abarcarlo todo, y el paisaje te cegaba a pesar de la poca luz.
Es un sitio especial, de los que te capturan y te obligan a volver, aunque sea en recuerdo.
Os dejo fotos aquí:
http://picasaweb.google.com/jorgemoscu/CantabriaOtono#
Fughetta
Volver
a su súbito muro de pinos –
cada uno con su música –
y quedarte mirando el cielo
mientras el aire se llena de nieve
De súbito, el cielo
es más oscuro, y el viento
desboca, llama, ensombrece y trepa
y el cielo es bosque y el bosque, mi vida
que se va consumiendo cual una vela
que va ardiendo compases de noche entera
a la muda noche,
a su súbito muro de pinos –
cada uno con su música –
Susurra el viento
y quedarte mirando el cielo
consumiendo su vida
mientras el aire se llena de nieve
- de súbito, el viento
sube su canto al cielo
y hace sonar los troncos
del bosque entero
violines y órganos
De súbito, el cielo
es más oscuro, y el viento
desboca, llama, ensombrece y trepa
y el cielo es bosque y el bosque, mi vida
que se va consumiendo cual una vela
que va ardiendo compases de noche entera
Y el que en las manos rugosas
nos sostiene, despierta.
Y al ver de cerca su cara de sátiro griego
gimen los árboles en silencio.
sábado, 13 de noviembre de 2010
Hemos decidido no devolver la lámpara de pie que compramos el otro día.
Este hecho de por sí no tendría tanta trascendencia si no fuera por el motivo que lo originó. Decidimos no devolver la lámpara porque tenía un pequeño defecto: su cabeza no estaba bien sujeta al tronco, y, al intentar ajustarla, bajaba un poco inducida por su propio peso.
Si veis aquí intenciones ecologistas, os equivocáis: ha sido por el futuro cariño que le tendremos a esta lámpara dentro de unos veinte o treinta años. Y es que sólo pensar que podría habernos tocado una lámpara cualquiera, normal, incluso perfecta, me horroriza sobremanera. Vivir con una lámpara así sería como entrar en el abominable mundo hecho de objetos ideales, objetos que honestamente cumplen con su estúpica misión sin fallar nunca. Estas cosas nunca dan la lata, nunca hacen notar su presencia, nunca traicionan, nunca mienten, en una palabra, son absolutamente inhumanas.
¿Es lo que estáis buscando? Estoy seguro que no.
Hace muchos ya años una mujer anciana intentó persuadir a una pandilla de adolescentes, yo entre ellos, de que el verdadero amor nace a pesar de, y no por algo. Entonces me costó comprenderla, ahora entiendo que tenía toda la razón. Queremos a las personas por su imperfección, por sus errores, por su torpeza, porque esto los hace humanos. Es enormemente difícil amar a un hombre o a una mujer ideal: son como esferas a las que cuesta engancharse, les cuesta entrar – porque solemos encontrar semejanzas también en lo que andamos flojos – en nuestros caprichos, nuestros gustos (que también muestran nuestra incapacidad de quererlo, abarcarlo y entenderlo todo), en una palabra, en lo que nos hace particularmente imperfectos. Pasan días, pasan años, y estos defectos cada vez emergen más y se perfilan mejor, y ya aprendemos a enfadarnos mecánicamente y por adelantado, montamos escenas anticipando la aparición del defecto en cuestión y, al final, cuando nos damos cuenta de que esta persona ya se ha ido, empezamos a echarlo todo en falta, y hasta adquirimos las mismas imperfecciones para repetirlas nosotros. Son cosas que forman la tela de nuestra existencia, son fibras de las que está hecha la materia del recuerdo.
Y, como las cosas no son menos parte de nuestra vida que las personas, nos encariñamos con aquellas que más guerra nos dan. Es así como hemos decidido no devolver la lamparita defectuosa a su imperfecto productor de una perfecta felicidad.
Este hecho de por sí no tendría tanta trascendencia si no fuera por el motivo que lo originó. Decidimos no devolver la lámpara porque tenía un pequeño defecto: su cabeza no estaba bien sujeta al tronco, y, al intentar ajustarla, bajaba un poco inducida por su propio peso.
Si veis aquí intenciones ecologistas, os equivocáis: ha sido por el futuro cariño que le tendremos a esta lámpara dentro de unos veinte o treinta años. Y es que sólo pensar que podría habernos tocado una lámpara cualquiera, normal, incluso perfecta, me horroriza sobremanera. Vivir con una lámpara así sería como entrar en el abominable mundo hecho de objetos ideales, objetos que honestamente cumplen con su estúpica misión sin fallar nunca. Estas cosas nunca dan la lata, nunca hacen notar su presencia, nunca traicionan, nunca mienten, en una palabra, son absolutamente inhumanas.
¿Es lo que estáis buscando? Estoy seguro que no.
Hace muchos ya años una mujer anciana intentó persuadir a una pandilla de adolescentes, yo entre ellos, de que el verdadero amor nace a pesar de, y no por algo. Entonces me costó comprenderla, ahora entiendo que tenía toda la razón. Queremos a las personas por su imperfección, por sus errores, por su torpeza, porque esto los hace humanos. Es enormemente difícil amar a un hombre o a una mujer ideal: son como esferas a las que cuesta engancharse, les cuesta entrar – porque solemos encontrar semejanzas también en lo que andamos flojos – en nuestros caprichos, nuestros gustos (que también muestran nuestra incapacidad de quererlo, abarcarlo y entenderlo todo), en una palabra, en lo que nos hace particularmente imperfectos. Pasan días, pasan años, y estos defectos cada vez emergen más y se perfilan mejor, y ya aprendemos a enfadarnos mecánicamente y por adelantado, montamos escenas anticipando la aparición del defecto en cuestión y, al final, cuando nos damos cuenta de que esta persona ya se ha ido, empezamos a echarlo todo en falta, y hasta adquirimos las mismas imperfecciones para repetirlas nosotros. Son cosas que forman la tela de nuestra existencia, son fibras de las que está hecha la materia del recuerdo.
Y, como las cosas no son menos parte de nuestra vida que las personas, nos encariñamos con aquellas que más guerra nos dan. Es así como hemos decidido no devolver la lamparita defectuosa a su imperfecto productor de una perfecta felicidad.
lunes, 27 de septiembre de 2010
Los faros
Parece una cosa tan tonta, un poema... Varios versos rimados sin saber para qué. Y sin embargo... Cuando se me perdió este último, sentí que se me desplomaba el mundo, que me pesaba el cielo, que me mareaba inevitablemente, por mucho que intentara convencerme de que no importaba, de que era una tontería. Y me pregunté: ¿por qué?
Y creo que finalmente di con una respuesta correcta, al menos, en mi caso. Esta respuesta es individual, porque cada uno escribe por las razones que sólo a él le atañen. En mi caso escribo para colocar faros. Y es que navegar sin un solo faro es tremendamente peligroso. Uno puede perder el rumbo. Perder la noción del tiempo y la sensación de estar navegando. Hay tanta oscuridad alrededor. Y tan pocas señales. De vez en cuando hay que hacer el esfuerzo de ver: disipar la niebla, removiéndola a manotazos, agudizar la vista y el oído, gritar para que el reflejo de tu propia voz vuelva y así poder medir las distancias... El resultado de este esfuerzo puede parecer momentáneo, porque - al menos, en mi caso - viene dado con forma de un poema. Viene solo, mi trabajo consiste en verlo y transcribirlo sin mentir ni añadir por mi parte Dios sabe qué consideraciones. En este caso me vale, es decir, a partir de este momento empieza a alumbrar el camino. Además, si hago un repaso de mi itinerario - bastante confuso, por cierto, con rodeos y tropiezos - me sirve el doble, porque alumbra tanto el pasado como el futuro.
Bien, ¿y la calidad literaria?
Personalmente a mí me da la impresión de que no vale mucho, al menos, individualmente. Si es capaz de alumbrar el camino de otras personas, me alegro. Si esta capacidad ES lo que llamamos la "calidad literaria", pensamos en lo mismo, en el don de colocar un faro sin añadir ni ocultar nada.
Rezo para no volverme más ciego con los años. Rezo también por los faros.
Y creo que finalmente di con una respuesta correcta, al menos, en mi caso. Esta respuesta es individual, porque cada uno escribe por las razones que sólo a él le atañen. En mi caso escribo para colocar faros. Y es que navegar sin un solo faro es tremendamente peligroso. Uno puede perder el rumbo. Perder la noción del tiempo y la sensación de estar navegando. Hay tanta oscuridad alrededor. Y tan pocas señales. De vez en cuando hay que hacer el esfuerzo de ver: disipar la niebla, removiéndola a manotazos, agudizar la vista y el oído, gritar para que el reflejo de tu propia voz vuelva y así poder medir las distancias... El resultado de este esfuerzo puede parecer momentáneo, porque - al menos, en mi caso - viene dado con forma de un poema. Viene solo, mi trabajo consiste en verlo y transcribirlo sin mentir ni añadir por mi parte Dios sabe qué consideraciones. En este caso me vale, es decir, a partir de este momento empieza a alumbrar el camino. Además, si hago un repaso de mi itinerario - bastante confuso, por cierto, con rodeos y tropiezos - me sirve el doble, porque alumbra tanto el pasado como el futuro.
Bien, ¿y la calidad literaria?
Personalmente a mí me da la impresión de que no vale mucho, al menos, individualmente. Si es capaz de alumbrar el camino de otras personas, me alegro. Si esta capacidad ES lo que llamamos la "calidad literaria", pensamos en lo mismo, en el don de colocar un faro sin añadir ni ocultar nada.
Rezo para no volverme más ciego con los años. Rezo también por los faros.
И не ждать
И не ждать.
Нервно в прядки со временем
не играть. Замолчать. И не гнать
тихих ходиков шаг. С исступлением
пальцы в кровь не стирать.
Не кричать.
Не кричать и не ждать,
неожиданной благости
не вымаливать вплачь у икон –
даже маленькой малости –
ни прощенья вдогон.
Никогда. Испокон.
И молчать.
И не верить в слова.
Не пытаться сказать себя, ни вручать.
И себе вопреки все же выжить, едва
не изжив себя с горя и сгоряча.
Чтобы жизни моей два незримых луча
вновь подковой одной заковать.
El original de este poema se me ha perdido. Esta copia, que reconstruyo de memoria, ha salido menos entera, menos clavada, menos poema, en fin, es lo que hay. Creo que a pesar de todo he conseguido volver a decir lo que quería, cosa que muy pocas veces ocurre.
Нервно в прядки со временем
не играть. Замолчать. И не гнать
тихих ходиков шаг. С исступлением
пальцы в кровь не стирать.
Не кричать.
Не кричать и не ждать,
неожиданной благости
не вымаливать вплачь у икон –
даже маленькой малости –
ни прощенья вдогон.
Никогда. Испокон.
И молчать.
И не верить в слова.
Не пытаться сказать себя, ни вручать.
И себе вопреки все же выжить, едва
не изжив себя с горя и сгоряча.
Чтобы жизни моей два незримых луча
вновь подковой одной заковать.
El original de este poema se me ha perdido. Esta copia, que reconstruyo de memoria, ha salido menos entera, menos clavada, menos poema, en fin, es lo que hay. Creo que a pesar de todo he conseguido volver a decir lo que quería, cosa que muy pocas veces ocurre.
viernes, 17 de septiembre de 2010
Dos
Кто тебя взрастил и за что ты полюбила меня?
Дерево или число, ветер или весло
Не все ли равно?
Ночь напролет глядишь, глазами разгоняя тьму
Пряжу прядешь, разговор не ведешь,
Свой сон стережешь.
Кто ты – запах ливня, поступь тумана, холодной осени след?
За что, за что ты полюбила меня?
Зачем избрала рыцарем бед, оруженосцем ночной судьбы?
В шуме ветра в деревьях распознаю я твои слова
В вечерней тревоге мне слышится голос твой
Только когда ты молчишь, ты со мной.
Но на что мне молчанье твое?
- Никогда не покинешь меня
Не раскроешь мне тайны рождения моего
Мне – аэду незнанья, ты – богов баловство…
Все по-своему спят
Все по-своему спят, каждый на свой манер
Кто кулак сосет, причмокивая как наяву
Кто подушку сжимает, точно свою жену
Кто, разлегшись, болтает во сне.
Кто не спит – все на одно лицо:
В маяте ночной каждый сердца стук
За набат принимают, спешат, бегут
То дела решают – кто в храм, кто в суд –
Воспаленных глаз не сомкнув.
Череда событий, имен и лиц
Перед ними льется рекой, и никак
Боль сердечную не унять, как не заставить птиц
Молчать по утрам.
Так и я, бессонных ночей ловец,
Что ни ночь – вымаливаю в кулак
Разменять грехи свои как пятак
И проститься с тобой, наконец.
Дерево или число, ветер или весло
Не все ли равно?
Ночь напролет глядишь, глазами разгоняя тьму
Пряжу прядешь, разговор не ведешь,
Свой сон стережешь.
Кто ты – запах ливня, поступь тумана, холодной осени след?
За что, за что ты полюбила меня?
Зачем избрала рыцарем бед, оруженосцем ночной судьбы?
В шуме ветра в деревьях распознаю я твои слова
В вечерней тревоге мне слышится голос твой
Только когда ты молчишь, ты со мной.
Но на что мне молчанье твое?
- Никогда не покинешь меня
Не раскроешь мне тайны рождения моего
Мне – аэду незнанья, ты – богов баловство…
Все по-своему спят
Все по-своему спят, каждый на свой манер
Кто кулак сосет, причмокивая как наяву
Кто подушку сжимает, точно свою жену
Кто, разлегшись, болтает во сне.
Кто не спит – все на одно лицо:
В маяте ночной каждый сердца стук
За набат принимают, спешат, бегут
То дела решают – кто в храм, кто в суд –
Воспаленных глаз не сомкнув.
Череда событий, имен и лиц
Перед ними льется рекой, и никак
Боль сердечную не унять, как не заставить птиц
Молчать по утрам.
Так и я, бессонных ночей ловец,
Что ни ночь – вымаливаю в кулак
Разменять грехи свои как пятак
И проститься с тобой, наконец.
El tren de las cinco
Cuando pasaba frente a la panadería oí el estruendo de ruedas y el chocar de los vagones; es el tren de las cinco se apresuró a aclararme la panadera percatándose de mi peplejidad. Siempre pasa a esta hora. ¿No para? A veces.
Esta calle era larga y tortuosa, los habitantes del pueblo medio amodorrados me miraban a través de los cristales. Algunos ya estaban sentados en el umbral; ya no hacía tanto calor.
Me gustaría saber su horario, le pregunté a la panadera dos días más tarde. De ocho a tres y luego de cinco a ocho, dijo siempre presta. No, el suyo no. El del tren. Ah, dijo. No sé si está puesto en el Ayuntamiento. ¿En el apeadero no? No, no creo, dijo algo sombría. Me miró con una mirada pesada, con el peso de todos los años que ha estado escuchando pasar el tren. Comprendí. Cuando salí, tenía cincuenta años más y un bastón de ciego en la mano. Ahora no sabría llegar al apeadero, a menos que aprendiera a escuchar.
Por las mañanas, antes de empezar a trabajar, aprendía a escuchar. Ya sabía reconocer las voces de todos los habitantes del pueblo. El cencerro de cada vaca. El carro del lechero.
Los demás me iban cogiendo confianza.
Un día me llamaron por mi nombre, cuando casi lo había olvidado. Los días son duros, dijeron. Está bien recordar cómo se llama uno. Asentí. Desde hacía tiempo asentía.
De vez en cuando la panadera me dejaba una hogaza cubierta con trapos para que no perdiera calor. Me ayudó en algunos inviernos, especialmente fríos. Ya sabía escucharlo todo, menos la canción del tren: se me había vuelto casi imperceptible, cuando iba a darme cuenta ya hacía horas que había pasado.
Así reconocemos a los forasteros, dijo una vez el panadero. Porque oyen pasar el tren. ¿Lo coge alguien? Que yo sepa, no. De todas formas, si lo llega a coger alguien, ¿cómo se enterará uno? Colgó su pesado abrigo en la percha y se fue. Sentí frío.
Aquel invierno, tan especialmente cruel, acabó con su vida. En primavera cogí las manos de la panadera, eran ásperas, cálidas y grandes, como dos hogazas de pan. ¿Ya no quieres oír el tren? preguntó. Ya no. Lástima, dijo, y se volvió de espaldas. Su espalda era como la loma de una montaña en invierno, triste, gris, encorvada. Levanté la vista y vi en el umbral a un chico joven, que me miraba con curiosidad señalándome algo que oía en la lejanía.
Esta calle era larga y tortuosa, los habitantes del pueblo medio amodorrados me miraban a través de los cristales. Algunos ya estaban sentados en el umbral; ya no hacía tanto calor.
Me gustaría saber su horario, le pregunté a la panadera dos días más tarde. De ocho a tres y luego de cinco a ocho, dijo siempre presta. No, el suyo no. El del tren. Ah, dijo. No sé si está puesto en el Ayuntamiento. ¿En el apeadero no? No, no creo, dijo algo sombría. Me miró con una mirada pesada, con el peso de todos los años que ha estado escuchando pasar el tren. Comprendí. Cuando salí, tenía cincuenta años más y un bastón de ciego en la mano. Ahora no sabría llegar al apeadero, a menos que aprendiera a escuchar.
Por las mañanas, antes de empezar a trabajar, aprendía a escuchar. Ya sabía reconocer las voces de todos los habitantes del pueblo. El cencerro de cada vaca. El carro del lechero.
Los demás me iban cogiendo confianza.
Un día me llamaron por mi nombre, cuando casi lo había olvidado. Los días son duros, dijeron. Está bien recordar cómo se llama uno. Asentí. Desde hacía tiempo asentía.
De vez en cuando la panadera me dejaba una hogaza cubierta con trapos para que no perdiera calor. Me ayudó en algunos inviernos, especialmente fríos. Ya sabía escucharlo todo, menos la canción del tren: se me había vuelto casi imperceptible, cuando iba a darme cuenta ya hacía horas que había pasado.
Así reconocemos a los forasteros, dijo una vez el panadero. Porque oyen pasar el tren. ¿Lo coge alguien? Que yo sepa, no. De todas formas, si lo llega a coger alguien, ¿cómo se enterará uno? Colgó su pesado abrigo en la percha y se fue. Sentí frío.
Aquel invierno, tan especialmente cruel, acabó con su vida. En primavera cogí las manos de la panadera, eran ásperas, cálidas y grandes, como dos hogazas de pan. ¿Ya no quieres oír el tren? preguntó. Ya no. Lástima, dijo, y se volvió de espaldas. Su espalda era como la loma de una montaña en invierno, triste, gris, encorvada. Levanté la vista y vi en el umbral a un chico joven, que me miraba con curiosidad señalándome algo que oía en la lejanía.
jueves, 26 de agosto de 2010
Духота, бессонница, сражения с комарами,
Тут и там шелкопряд тугими рядами
Что на лоскут свечи, что на треск керосинки
Ночи что палачи вешают без слезинки
На погосте кострищ тень от луны нагая
Тихой сапой все рыщет, рыщет пути не зная
Нагадает, безглазая, наколдует, нашепчет
И закатится за угол гипсовой печи.
Тьма сойдет, сгинет чад, и туман, развеясь,
Обнажит в лучах двух Медведиц
Ледяное солнце, полей томленье,
Тополей прощанье, земли круженье.
И с последним трепетом междокрылий
Стрекозиным слепком твоих усилий
Удержать в руках середину лета
Спелой дыней жахнет дуга рассвета.
Тут и там шелкопряд тугими рядами
Что на лоскут свечи, что на треск керосинки
Ночи что палачи вешают без слезинки
На погосте кострищ тень от луны нагая
Тихой сапой все рыщет, рыщет пути не зная
Нагадает, безглазая, наколдует, нашепчет
И закатится за угол гипсовой печи.
Тьма сойдет, сгинет чад, и туман, развеясь,
Обнажит в лучах двух Медведиц
Ледяное солнце, полей томленье,
Тополей прощанье, земли круженье.
И с последним трепетом междокрылий
Стрекозиным слепком твоих усилий
Удержать в руках середину лета
Спелой дыней жахнет дуга рассвета.
domingo, 25 de abril de 2010
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