Hemos decidido no devolver la lámpara de pie que compramos el otro día.
Este hecho de por sí no tendría tanta trascendencia si no fuera por el motivo que lo originó. Decidimos no devolver la lámpara porque tenía un pequeño defecto: su cabeza no estaba bien sujeta al tronco, y, al intentar ajustarla, bajaba un poco inducida por su propio peso.
Si veis aquí intenciones ecologistas, os equivocáis: ha sido por el futuro cariño que le tendremos a esta lámpara dentro de unos veinte o treinta años. Y es que sólo pensar que podría habernos tocado una lámpara cualquiera, normal, incluso perfecta, me horroriza sobremanera. Vivir con una lámpara así sería como entrar en el abominable mundo hecho de objetos ideales, objetos que honestamente cumplen con su estúpica misión sin fallar nunca. Estas cosas nunca dan la lata, nunca hacen notar su presencia, nunca traicionan, nunca mienten, en una palabra, son absolutamente inhumanas.
¿Es lo que estáis buscando? Estoy seguro que no.
Hace muchos ya años una mujer anciana intentó persuadir a una pandilla de adolescentes, yo entre ellos, de que el verdadero amor nace a pesar de, y no por algo. Entonces me costó comprenderla, ahora entiendo que tenía toda la razón. Queremos a las personas por su imperfección, por sus errores, por su torpeza, porque esto los hace humanos. Es enormemente difícil amar a un hombre o a una mujer ideal: son como esferas a las que cuesta engancharse, les cuesta entrar – porque solemos encontrar semejanzas también en lo que andamos flojos – en nuestros caprichos, nuestros gustos (que también muestran nuestra incapacidad de quererlo, abarcarlo y entenderlo todo), en una palabra, en lo que nos hace particularmente imperfectos. Pasan días, pasan años, y estos defectos cada vez emergen más y se perfilan mejor, y ya aprendemos a enfadarnos mecánicamente y por adelantado, montamos escenas anticipando la aparición del defecto en cuestión y, al final, cuando nos damos cuenta de que esta persona ya se ha ido, empezamos a echarlo todo en falta, y hasta adquirimos las mismas imperfecciones para repetirlas nosotros. Son cosas que forman la tela de nuestra existencia, son fibras de las que está hecha la materia del recuerdo.
Y, como las cosas no son menos parte de nuestra vida que las personas, nos encariñamos con aquellas que más guerra nos dan. Es así como hemos decidido no devolver la lamparita defectuosa a su imperfecto productor de una perfecta felicidad.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario