lunes, 27 de septiembre de 2010

Los faros

Parece una cosa tan tonta, un poema... Varios versos rimados sin saber para qué. Y sin embargo... Cuando se me perdió este último, sentí que se me desplomaba el mundo, que me pesaba el cielo, que me mareaba inevitablemente, por mucho que intentara convencerme de que no importaba, de que era una tontería. Y me pregunté: ¿por qué?
Y creo que finalmente di con una respuesta correcta, al menos, en mi caso. Esta respuesta es individual, porque cada uno escribe por las razones que sólo a él le atañen. En mi caso escribo para colocar faros. Y es que navegar sin un solo faro es tremendamente peligroso. Uno puede perder el rumbo. Perder la noción del tiempo y la sensación de estar navegando. Hay tanta oscuridad alrededor. Y tan pocas señales. De vez en cuando hay que hacer el esfuerzo de ver: disipar la niebla, removiéndola a manotazos, agudizar la vista y el oído, gritar para que el reflejo de tu propia voz vuelva y así poder medir las distancias... El resultado de este esfuerzo puede parecer momentáneo, porque - al menos, en mi caso - viene dado con forma de un poema. Viene solo, mi trabajo consiste en verlo y transcribirlo sin mentir ni añadir por mi parte Dios sabe qué consideraciones. En este caso me vale, es decir, a partir de este momento empieza a alumbrar el camino. Además, si hago un repaso de mi itinerario - bastante confuso, por cierto, con rodeos y tropiezos - me sirve el doble, porque alumbra tanto el pasado como el futuro.
Bien, ¿y la calidad literaria?
Personalmente a mí me da la impresión de que no vale mucho, al menos, individualmente. Si es capaz de alumbrar el camino de otras personas, me alegro. Si esta capacidad ES lo que llamamos la "calidad literaria", pensamos en lo mismo, en el don de colocar un faro sin añadir ni ocultar nada.
Rezo para no volverme más ciego con los años. Rezo también por los faros.

No hay comentarios: