viernes, 17 de septiembre de 2010

El tren de las cinco

Cuando pasaba frente a la panadería oí el estruendo de ruedas y el chocar de los vagones; es el tren de las cinco se apresuró a aclararme la panadera percatándose de mi peplejidad. Siempre pasa a esta hora. ¿No para? A veces.
Esta calle era larga y tortuosa, los habitantes del pueblo medio amodorrados me miraban a través de los cristales. Algunos ya estaban sentados en el umbral; ya no hacía tanto calor.
Me gustaría saber su horario, le pregunté a la panadera dos días más tarde. De ocho a tres y luego de cinco a ocho, dijo siempre presta. No, el suyo no. El del tren. Ah, dijo. No sé si está puesto en el Ayuntamiento. ¿En el apeadero no? No, no creo, dijo algo sombría. Me miró con una mirada pesada, con el peso de todos los años que ha estado escuchando pasar el tren. Comprendí. Cuando salí, tenía cincuenta años más y un bastón de ciego en la mano. Ahora no sabría llegar al apeadero, a menos que aprendiera a escuchar.
Por las mañanas, antes de empezar a trabajar, aprendía a escuchar. Ya sabía reconocer las voces de todos los habitantes del pueblo. El cencerro de cada vaca. El carro del lechero.
Los demás me iban cogiendo confianza.
Un día me llamaron por mi nombre, cuando casi lo había olvidado. Los días son duros, dijeron. Está bien recordar cómo se llama uno. Asentí. Desde hacía tiempo asentía.
De vez en cuando la panadera me dejaba una hogaza cubierta con trapos para que no perdiera calor. Me ayudó en algunos inviernos, especialmente fríos. Ya sabía escucharlo todo, menos la canción del tren: se me había vuelto casi imperceptible, cuando iba a darme cuenta ya hacía horas que había pasado.
Así reconocemos a los forasteros, dijo una vez el panadero. Porque oyen pasar el tren. ¿Lo coge alguien? Que yo sepa, no. De todas formas, si lo llega a coger alguien, ¿cómo se enterará uno? Colgó su pesado abrigo en la percha y se fue. Sentí frío.
Aquel invierno, tan especialmente cruel, acabó con su vida. En primavera cogí las manos de la panadera, eran ásperas, cálidas y grandes, como dos hogazas de pan. ¿Ya no quieres oír el tren? preguntó. Ya no. Lástima, dijo, y se volvió de espaldas. Su espalda era como la loma de una montaña en invierno, triste, gris, encorvada. Levanté la vista y vi en el umbral a un chico joven, que me miraba con curiosidad señalándome algo que oía en la lejanía.

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