

Volvía de Somiedo sin muchas ganas de hacerlo; los conductores que venían detrás arremetían a bocinazos cada vez que frenaba para ver mejor el paisaje o, mejor dicho, para intentar detenerlo, captarlo con este artilugio tan imperfecto que es la memoria.
Los colores... todos, pasando por la gama entera de ocres, rojos y amarillos. Pero no era una belleza como para quedarse con la boca abierta y permanecer así un tiempo indefinido - esa clase de belleza es la que más cansa y resulta hasta odiosa. Era una belleza esparcida en el tiempo y espacio, una cosa tan sutil como puede ser una cara humana: sin ser especialmente bonita, sin embargo, nos puede brindar una imagen preciosa, llena de vida real.
La lentitud: todo allí va más lento. Lo he notado mientras le daba al pedal de acelerador justo al salir del parque, y así, cada vez más rápido, en un descenso casi vertiginoso y compitiendo con los demás coches he abandonado Somiedo. Por los pueblos de Babia - otra preciosidad - he pasado volando, pillando al vuelo algún que otro campanario raro, una ermita en lo alto de una colina con un álamo inverosímilmente amarillo a su lado, una pareja de viejillos que había salido a tomar el sol. Cosas y gentes llenas de una vida que desconocía y desconozco, ¿por qué las he dejado atrás? ¿Por qué no he parado a charlar con ellos? ¿Por qué me iba cada vez más rápido - como en la Autopista del sur, de Cortázar - hacia mi casa?
Somiedo suena a sueño, somnoliencia, miel de berzo. Es una tierra dulce, aunque la vida allí sea - más o menos - dura. En estos tres días me he encontrado con muchos personajes curiosísimos. Una pareja de ancianos estaba cortando leña... vestidos de misa de domingo, él con traje, y, además, ¡con el sombrero puesto! Me puse a hablar con ellos, y resultó que él tenía ochenta y ocho años, y ella, ochenta y seis. Una vez me cruzó el camino un conejo negro ¿traería eso mala suerte?
Me gusta creer que si nos marchamos muchas veces es para volver.
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