Parece una cosa tan tonta, un poema... Varios versos rimados sin saber para qué. Y sin embargo... Cuando se me perdió este último, sentí que se me desplomaba el mundo, que me pesaba el cielo, que me mareaba inevitablemente, por mucho que intentara convencerme de que no importaba, de que era una tontería. Y me pregunté: ¿por qué?
Y creo que finalmente di con una respuesta correcta, al menos, en mi caso. Esta respuesta es individual, porque cada uno escribe por las razones que sólo a él le atañen. En mi caso escribo para colocar faros. Y es que navegar sin un solo faro es tremendamente peligroso. Uno puede perder el rumbo. Perder la noción del tiempo y la sensación de estar navegando. Hay tanta oscuridad alrededor. Y tan pocas señales. De vez en cuando hay que hacer el esfuerzo de ver: disipar la niebla, removiéndola a manotazos, agudizar la vista y el oído, gritar para que el reflejo de tu propia voz vuelva y así poder medir las distancias... El resultado de este esfuerzo puede parecer momentáneo, porque - al menos, en mi caso - viene dado con forma de un poema. Viene solo, mi trabajo consiste en verlo y transcribirlo sin mentir ni añadir por mi parte Dios sabe qué consideraciones. En este caso me vale, es decir, a partir de este momento empieza a alumbrar el camino. Además, si hago un repaso de mi itinerario - bastante confuso, por cierto, con rodeos y tropiezos - me sirve el doble, porque alumbra tanto el pasado como el futuro.
Bien, ¿y la calidad literaria?
Personalmente a mí me da la impresión de que no vale mucho, al menos, individualmente. Si es capaz de alumbrar el camino de otras personas, me alegro. Si esta capacidad ES lo que llamamos la "calidad literaria", pensamos en lo mismo, en el don de colocar un faro sin añadir ni ocultar nada.
Rezo para no volverme más ciego con los años. Rezo también por los faros.
lunes, 27 de septiembre de 2010
И не ждать
И не ждать.
Нервно в прядки со временем
не играть. Замолчать. И не гнать
тихих ходиков шаг. С исступлением
пальцы в кровь не стирать.
Не кричать.
Не кричать и не ждать,
неожиданной благости
не вымаливать вплачь у икон –
даже маленькой малости –
ни прощенья вдогон.
Никогда. Испокон.
И молчать.
И не верить в слова.
Не пытаться сказать себя, ни вручать.
И себе вопреки все же выжить, едва
не изжив себя с горя и сгоряча.
Чтобы жизни моей два незримых луча
вновь подковой одной заковать.
El original de este poema se me ha perdido. Esta copia, que reconstruyo de memoria, ha salido menos entera, menos clavada, menos poema, en fin, es lo que hay. Creo que a pesar de todo he conseguido volver a decir lo que quería, cosa que muy pocas veces ocurre.
Нервно в прядки со временем
не играть. Замолчать. И не гнать
тихих ходиков шаг. С исступлением
пальцы в кровь не стирать.
Не кричать.
Не кричать и не ждать,
неожиданной благости
не вымаливать вплачь у икон –
даже маленькой малости –
ни прощенья вдогон.
Никогда. Испокон.
И молчать.
И не верить в слова.
Не пытаться сказать себя, ни вручать.
И себе вопреки все же выжить, едва
не изжив себя с горя и сгоряча.
Чтобы жизни моей два незримых луча
вновь подковой одной заковать.
El original de este poema se me ha perdido. Esta copia, que reconstruyo de memoria, ha salido menos entera, menos clavada, menos poema, en fin, es lo que hay. Creo que a pesar de todo he conseguido volver a decir lo que quería, cosa que muy pocas veces ocurre.
viernes, 17 de septiembre de 2010
Dos
Кто тебя взрастил и за что ты полюбила меня?
Дерево или число, ветер или весло
Не все ли равно?
Ночь напролет глядишь, глазами разгоняя тьму
Пряжу прядешь, разговор не ведешь,
Свой сон стережешь.
Кто ты – запах ливня, поступь тумана, холодной осени след?
За что, за что ты полюбила меня?
Зачем избрала рыцарем бед, оруженосцем ночной судьбы?
В шуме ветра в деревьях распознаю я твои слова
В вечерней тревоге мне слышится голос твой
Только когда ты молчишь, ты со мной.
Но на что мне молчанье твое?
- Никогда не покинешь меня
Не раскроешь мне тайны рождения моего
Мне – аэду незнанья, ты – богов баловство…
Все по-своему спят
Все по-своему спят, каждый на свой манер
Кто кулак сосет, причмокивая как наяву
Кто подушку сжимает, точно свою жену
Кто, разлегшись, болтает во сне.
Кто не спит – все на одно лицо:
В маяте ночной каждый сердца стук
За набат принимают, спешат, бегут
То дела решают – кто в храм, кто в суд –
Воспаленных глаз не сомкнув.
Череда событий, имен и лиц
Перед ними льется рекой, и никак
Боль сердечную не унять, как не заставить птиц
Молчать по утрам.
Так и я, бессонных ночей ловец,
Что ни ночь – вымаливаю в кулак
Разменять грехи свои как пятак
И проститься с тобой, наконец.
Дерево или число, ветер или весло
Не все ли равно?
Ночь напролет глядишь, глазами разгоняя тьму
Пряжу прядешь, разговор не ведешь,
Свой сон стережешь.
Кто ты – запах ливня, поступь тумана, холодной осени след?
За что, за что ты полюбила меня?
Зачем избрала рыцарем бед, оруженосцем ночной судьбы?
В шуме ветра в деревьях распознаю я твои слова
В вечерней тревоге мне слышится голос твой
Только когда ты молчишь, ты со мной.
Но на что мне молчанье твое?
- Никогда не покинешь меня
Не раскроешь мне тайны рождения моего
Мне – аэду незнанья, ты – богов баловство…
Все по-своему спят
Все по-своему спят, каждый на свой манер
Кто кулак сосет, причмокивая как наяву
Кто подушку сжимает, точно свою жену
Кто, разлегшись, болтает во сне.
Кто не спит – все на одно лицо:
В маяте ночной каждый сердца стук
За набат принимают, спешат, бегут
То дела решают – кто в храм, кто в суд –
Воспаленных глаз не сомкнув.
Череда событий, имен и лиц
Перед ними льется рекой, и никак
Боль сердечную не унять, как не заставить птиц
Молчать по утрам.
Так и я, бессонных ночей ловец,
Что ни ночь – вымаливаю в кулак
Разменять грехи свои как пятак
И проститься с тобой, наконец.
El tren de las cinco
Cuando pasaba frente a la panadería oí el estruendo de ruedas y el chocar de los vagones; es el tren de las cinco se apresuró a aclararme la panadera percatándose de mi peplejidad. Siempre pasa a esta hora. ¿No para? A veces.
Esta calle era larga y tortuosa, los habitantes del pueblo medio amodorrados me miraban a través de los cristales. Algunos ya estaban sentados en el umbral; ya no hacía tanto calor.
Me gustaría saber su horario, le pregunté a la panadera dos días más tarde. De ocho a tres y luego de cinco a ocho, dijo siempre presta. No, el suyo no. El del tren. Ah, dijo. No sé si está puesto en el Ayuntamiento. ¿En el apeadero no? No, no creo, dijo algo sombría. Me miró con una mirada pesada, con el peso de todos los años que ha estado escuchando pasar el tren. Comprendí. Cuando salí, tenía cincuenta años más y un bastón de ciego en la mano. Ahora no sabría llegar al apeadero, a menos que aprendiera a escuchar.
Por las mañanas, antes de empezar a trabajar, aprendía a escuchar. Ya sabía reconocer las voces de todos los habitantes del pueblo. El cencerro de cada vaca. El carro del lechero.
Los demás me iban cogiendo confianza.
Un día me llamaron por mi nombre, cuando casi lo había olvidado. Los días son duros, dijeron. Está bien recordar cómo se llama uno. Asentí. Desde hacía tiempo asentía.
De vez en cuando la panadera me dejaba una hogaza cubierta con trapos para que no perdiera calor. Me ayudó en algunos inviernos, especialmente fríos. Ya sabía escucharlo todo, menos la canción del tren: se me había vuelto casi imperceptible, cuando iba a darme cuenta ya hacía horas que había pasado.
Así reconocemos a los forasteros, dijo una vez el panadero. Porque oyen pasar el tren. ¿Lo coge alguien? Que yo sepa, no. De todas formas, si lo llega a coger alguien, ¿cómo se enterará uno? Colgó su pesado abrigo en la percha y se fue. Sentí frío.
Aquel invierno, tan especialmente cruel, acabó con su vida. En primavera cogí las manos de la panadera, eran ásperas, cálidas y grandes, como dos hogazas de pan. ¿Ya no quieres oír el tren? preguntó. Ya no. Lástima, dijo, y se volvió de espaldas. Su espalda era como la loma de una montaña en invierno, triste, gris, encorvada. Levanté la vista y vi en el umbral a un chico joven, que me miraba con curiosidad señalándome algo que oía en la lejanía.
Esta calle era larga y tortuosa, los habitantes del pueblo medio amodorrados me miraban a través de los cristales. Algunos ya estaban sentados en el umbral; ya no hacía tanto calor.
Me gustaría saber su horario, le pregunté a la panadera dos días más tarde. De ocho a tres y luego de cinco a ocho, dijo siempre presta. No, el suyo no. El del tren. Ah, dijo. No sé si está puesto en el Ayuntamiento. ¿En el apeadero no? No, no creo, dijo algo sombría. Me miró con una mirada pesada, con el peso de todos los años que ha estado escuchando pasar el tren. Comprendí. Cuando salí, tenía cincuenta años más y un bastón de ciego en la mano. Ahora no sabría llegar al apeadero, a menos que aprendiera a escuchar.
Por las mañanas, antes de empezar a trabajar, aprendía a escuchar. Ya sabía reconocer las voces de todos los habitantes del pueblo. El cencerro de cada vaca. El carro del lechero.
Los demás me iban cogiendo confianza.
Un día me llamaron por mi nombre, cuando casi lo había olvidado. Los días son duros, dijeron. Está bien recordar cómo se llama uno. Asentí. Desde hacía tiempo asentía.
De vez en cuando la panadera me dejaba una hogaza cubierta con trapos para que no perdiera calor. Me ayudó en algunos inviernos, especialmente fríos. Ya sabía escucharlo todo, menos la canción del tren: se me había vuelto casi imperceptible, cuando iba a darme cuenta ya hacía horas que había pasado.
Así reconocemos a los forasteros, dijo una vez el panadero. Porque oyen pasar el tren. ¿Lo coge alguien? Que yo sepa, no. De todas formas, si lo llega a coger alguien, ¿cómo se enterará uno? Colgó su pesado abrigo en la percha y se fue. Sentí frío.
Aquel invierno, tan especialmente cruel, acabó con su vida. En primavera cogí las manos de la panadera, eran ásperas, cálidas y grandes, como dos hogazas de pan. ¿Ya no quieres oír el tren? preguntó. Ya no. Lástima, dijo, y se volvió de espaldas. Su espalda era como la loma de una montaña en invierno, triste, gris, encorvada. Levanté la vista y vi en el umbral a un chico joven, que me miraba con curiosidad señalándome algo que oía en la lejanía.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)