lunes, 27 de octubre de 2008

cuando todos se van...

...y el teatro se queda vacío, se llena de otra vida, vida de los objetos. La tramoya, el palco y hasta los pasillos vuelven a cobrar una existencia cuyo sentido nunca adivinaremos. Si casualmente entramos en ese mundo nos sentimos ajenos, extraños, extranjeros entre las cosas que han perdido su sentido habitual.
Lo mismo pasa con los pueblos de veraneo: llegan los primeros fríos y enseguida se ahuecan, se cosifican, se vuelven impenetrables y distintos. Los restos de la vida anterior aún siguen por ahí: alguna que otra silla de plástico, un cartel arrancado a medias, una sombra humana que procura deslizar cautelosamente entre las piedras, dueñas ya de este reino.
Ahora casi me da vergüenza confesar que a veces siento que también yo pertenezco a este reino. Cuánta calidez he visto siempre en salas abandonadas al acabar una conferencia. Cuánta ternura en una universidad que ha vivido un día y ahora se cierra. Su silencio me gusta. Su inmovilidad me atrae. Y hasta empiezo oír y ver... pero si os cuento lo de las olas me creeréis loco.

1 comentario:

Anónimo dijo...

pues yo no:))))