Estábamos sentados en un banco de piedra que nos helaba el culo y las caderas; tú chupando un caramelo y moviendo la punta de los pies, yo mirando un botón desabrochado de tu blusa, que aumentaba visiblemente el escote.
- Sería genial que nos estrelláramos los dos en un accidente de coche, - dije yo,- así ninguno de nosotros viviría más que el otro.
- Eso tú,- dijiste sacando el caramelo y estudiando su forma menguada,- y cuando yo cumpla cien años tal vez me acuerde de un joven psicópata que murió por amor hacia mí.
Los dos sabíamos que esas palabras no tenían ni pizca de verdad, y que serían tragadas por esa tarde que se interponía entre nuestro amor y la muerte.
Me puse la sandalia que se me había descolocado y me levanté.
- Vamos a seguir,- le dije y le tendí la mano para que se levantara. Ella, con su mirada de niña demasiado espabilada, me enseñó, como respuesta, el resto del caramelo que tenía por acabar.
Di media vuelta y sentí cómo la tarde pesaba sobre mis hombros. Esa sensación duró apenas un minuto, justo lo que necesitó ella para acabarse el caramelo.
Nos fuimos dejando atrás el banco de piedra, sintiendo cada vez más el peso del momento y la velocidad creciente de los crepúsculos.
sábado, 29 de noviembre de 2008
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