domingo, 30 de noviembre de 2008
Снегопад
Я отхожу от окна. Дом по-прежнему дремлет. Не шелохнется портьера, не вздрогнет невыметенный комочек пыли в углу. Я решаю обойти все комнаты. И там все по-прежнему. Удовлетворенный осмотром, я готовлю себе три кружки горячего чая и выпиваю их одну за другой.
Тем временем за окном все готовится к началу снегопада. Все замирает. Набирает побольше воздуха в легкие. Я кладу руку на стекло: холод слегка обжигает кожу. Вот он – первый удар. Затем второй. Затем – третий, четвертый, затем – жесткая дробь об стекло. С чашкой зажатой между ладонями я смотрю как мир просыпается наружу снегом – первый раз за последнюю тысячу лет.
* * *
Запах сырости и сквозняка
Платье, скомканное второпях у сундука,
И твои глаза. И твоя рука.
Распахни окно – ворвется в дом
Черный хлеб с парным молоком
Голос деда, пока не стал стариком,
И костер, что жгли на дворе твоем.
И во тьме кусались искры костра
И шуршала над ним мошкара
И с ночи до утра
Мы сплетались травой в изголовье трав
И в преддверье новых утрат.
sábado, 29 de noviembre de 2008
El caramelo
- Sería genial que nos estrelláramos los dos en un accidente de coche, - dije yo,- así ninguno de nosotros viviría más que el otro.
- Eso tú,- dijiste sacando el caramelo y estudiando su forma menguada,- y cuando yo cumpla cien años tal vez me acuerde de un joven psicópata que murió por amor hacia mí.
Los dos sabíamos que esas palabras no tenían ni pizca de verdad, y que serían tragadas por esa tarde que se interponía entre nuestro amor y la muerte.
Me puse la sandalia que se me había descolocado y me levanté.
- Vamos a seguir,- le dije y le tendí la mano para que se levantara. Ella, con su mirada de niña demasiado espabilada, me enseñó, como respuesta, el resto del caramelo que tenía por acabar.
Di media vuelta y sentí cómo la tarde pesaba sobre mis hombros. Esa sensación duró apenas un minuto, justo lo que necesitó ella para acabarse el caramelo.
Nos fuimos dejando atrás el banco de piedra, sintiendo cada vez más el peso del momento y la velocidad creciente de los crepúsculos.
martes, 25 de noviembre de 2008
La cola del pantano de Valmayor



Creo que no me he equivocado en el nombre del pantano... Fui en bici, una gozada, además, maravillosamente acompañado por Juan Luis. Sin más, ahí van las fotos.
sábado, 22 de noviembre de 2008
El anochecer
Así empezó la época de la libertad: todos salieron a la calle empujándose para llegar los primeros, aunque muchos de los que salían caían mareados, ya que estaban acostumbrados al aire mohoso y recargado de sus cuchitriles, que llevaban años respirando en soledad. Todo era aire y todo era color: el púrpura de las buenas intenciones, el carmesí de la pureza y el rojo sangre de la voluntad. Las calles se ahogaban de abrazos. A las puertas les dolían los músculos de tanto abrirse para dar paso a los que entraban.
Era tanta la emoción que bajo sus efectos el mundo empezó a elevarse. Con sorpresa se descubría que el suelo bajo los pies se alejaba tamboleándose para dar lugar al vuelo. Los uniformes rosas, que ya se habían despojado de las armas, volaban más aliviados, y la muchedumbre les seguía más abajo. Los que habían cogido menos color apenas se arrastraban a ras de tierra intentando dar saltitos para fingir el vuelo.
Ese fue el momento de la contraofensiva.
Los azules venían callados, y cargados de armamentos. El pánico cundió enseguida: los que no habían subido lo suficiente ahora fingían que nunca habían intentado volar. Su ropa, que no llegó a teñirse de rosa, ahora se volvía gris, y sus gritos de júbilo no tardaron en transformarse en una queja ronca, pareja al silbido de las serpientes, llena de odio.
Volvieron los tiempos de guerra. A medida de que se ahogaban los cantos, se perdía la intensidad de los colores; los ánimos bajaban y cada vez había más bajas entre los uniformes rosas.
Poco a poco un azul monótono, pesado, casi gris se extendió en todos los dominios de la tierra. Sólo en el monte aún actuaban los últimos grupitos de los rosas.
Pero en vano.
Un tremendo cansancio se había apoderado del mundo. Se extinguieron los cantos y la gente hacía como que nunca había oído nada semejante. Ahora hasta la sangre de los últimos rebeldes no era roja: era amarilla, y olía a pudredumbre.
Entonces volvieron los barcos. Silenciosos, venían a recoger las ánimas de los caídos para llevarlas a las tierras del más allá. Los que aún se atrevían a mirarlas pronto las perdían de vista.
Llegó la noche.
sábado, 15 de noviembre de 2008
Чай с пустячком
Тяжелеют слова. Наполняется воздух
Усталостью. В чайнике чай
С каждой новой заваркой крепчает.
Мы отчаянью раньше сказали «прощай»,
А теперь нас отчаянье снова встречает.
И свежа еще близость чужого плеча
Ерунду лопоча, мы друг друга навеки прощаем
Золоченая рвется парча
И грачонок с плеча на последний причал
Ворожбы, колдовства и слепых обещаний взмывает.
И, закон пустоты,
Нас медлительный циркуль обводит
И дистанцию вводит между он, я и ты.
И, причудливо зыркнув и поджавши хвосты
Мы уходим, как обделенные рыбой коты
По ночному и илистому мелководью
По делам, в никуда, под мосты.
А тем временем мгла, тяжело нависая,
Зыбко сыплет дождем
И совсем не при чем
Наша сказка короткая и городская
За стаканом все более крепкого чая
С сахарком, с хандрецой, с пустячком.
Me gustaría
saber degollar palomas de un sablazo
montar a caballo los libros más enrevesados
llevar a cuestas los lunes mal avenidos
vivir de reojo algunas vidas ajenas.
Eso sí.
Aunque no aguantaría
un martes tristón que encuentre por el camino
un libro que cuente vidas ajenas
que un caballo me venga mal avenido
ni que la vida me monte, ni que de reojo me mire.
Aparte de eso me gustaría que este blog se convirtiera en un sitio de comunicación. Para ello hace falta que los visitantes puedan crear temas nuevos... como no soy un experto navegador de mares digitales a ver si me decís cómo puedo hacerlo (si es que es posible). Quizá el formato de blog no sea especialmente conveniente...
viernes, 14 de noviembre de 2008
La felicidad después de los crepúsculos




Hay muchos que dicen que la están buscando, o deseando, sin más. Y que temen perderla. Sin embargo, estoy convencido de que la felicidad no es más que la conciencia de estar perdiendo algo tremendamente importante que uno aún posee. Vamos, que es una forma de despedida de algo único e irrepetible.
Por eso es tan malo tener cosas en posesión: serán difíciles de perder. Cada cosa que poseemos de manera fiable y sólida desequilibra la balanza y nos hace más infelices.
Pero que las cosas que perdemos nos sean importantes es otro requisito indispensable, porque las cosas sin importancia nos traen sin cuidado, por tanto, nos da igual perderlas.
Hoy he salido sin saber por qué... con la cámara de fotos colgando del hombro, aunque al llegar a la Herrería he visto que el sol ya prácticamente se había escondido destrás de los montes. Ha sido un paseo largo, sin embargo... porque contra todas las indicaciones he encontrado lo que buscaba sólo en los crepúsculos, hora sin luz odiada por los fotógrafos. Aún no sé qué era lo que encontré. Lo cuelgo aquí por si las moscas. Hay que ver las fotos sin ampliarlas, si no, se perderá el aún no sé qué.
jueves, 13 de noviembre de 2008
Las castañas
Las castañas
Cada vez que Sandra perdía a una persona, recogía una castaña en la calle y la unía a su colección. Al principio le parecía que lo hacía al azar, pero luego se daba cuenta de que las castañas que recogía se asemejaban en algo a las personas perdidas. Por las tardes, cuando volvía de la oficina, nada más entrar en su casa, se dirigía a la ventana de su cuarto, donde guardaba las castañas, y las cogía una tras otra, las acariciaba y las frotaba con los dedos, de modo que nunca perdían el brillo.
Al cabo de un rato tenía que devolver las castañas a su sitio para dedicarse a los quehaceres domésticos, sin embargo, nunca dejaba de pensar en ellas, y, tarde o temprano, regresaba a su habitación y se quedaba allí hasta que se dormía.
Todos los días escogía una castaña para hablar con ella.
La separaba del resto del grupo, la acercaba a los ojos y la estudiaba, moviendo monótonamente la cabeza. Sus palabras, en el límite entre el susurro y el silbido, eran prácticamente imperceptibles: las pocas veces que llegaban a entenderse, sonaban hasta ridículas:
- Vaya, vaya, qué escuchimizado estás,- le decía a una castaña,- pareces un gato callejero, y de los peores de su especie.
- Cierra los ojos, hojita de roble, - le decía a otra. – Estás cansado y hastiado, pero te voy a dar un beso de mariposa, y te curarás.
Sin embargo, también había días en los que Sandra sólo miraba por la ventana, con la castaña apretada en el puño, y no despegaba los labios para pronunciar siquiera una palabra. Parecería dormida si su cuerpo no se estremeciera de vez en cuando, con determinada ritmicidad, como el mecanismo de esos relojes que saben dar la hora.
En realidad en esos momentos de abstracción Sandra escuchaba a las castañas. Para oírlas mejor tenía que concentrarse entera, encogida al borde de la cama, percibiendo las pequeñas vibraciones que emitían las castañas. Y se estremecía cuando alguna de ellas soltaba un grito de dolor.
- ¡Preferiría estar muerto que vivir al lado de esta mujer!
- ¿Por qué te hice abortar? A veces sueño con el niño que nunca tuvimos.
- ¡Cómo pincha esa rosa que me tiraste a la cara! Todavía me duelen las heridas. Este ardor... ¡no puedo soportar este ardor!
Si los gritos se volvían inaguantables, Sandra, sin romper su silencio, alargaba la mano y cogía la castaña desesperada. Sus delicadas manos alisaban las arrugas y calmaban el dolor. Era como si dijeran: “Ya sé que te has equivocado. Sé que preferirías morirte. Pero mientras te recuerde seguirás conmigo, aunque te haya perdido.”
Bajo el peso de los recuerdos el cuerpo de Sandra se desmoronaba y, ya tumbada, se quedaba dormida.
Pero aún dormida no paraba de hablar con las castañas.
En sus sueños era un árbol que daba frutas. Bajo su peso se curvaban las ramas, y la sensación de llevar frutas dentro de su cuerpo la hacía reír tan despreocupadamente como nunca había hecho despierta.
Cuando Sandra murió los vecinos se asombraron al ver su espléndida colección de castañas: descansando en el alféizar de la ventana y expuestas a la luz del sol brillaban y emitían destellos de colores.
- Se ve que les tenía mucho cariño,- observó un vecino. - ¿Por qué no las enterramos junto con ella?
Lo dicho, hecho. Y a los allí presentes no se les escapó un rescoldo de sonrisa en la boca de la difunta un momento antes de que cerraran el ataúd y los primeros pedazos de tierra cayeran encima.
- ¡Qué complacida está con sus castañas,- comentó la gente. – Y... ¡cómo brillan!
Aquel día, en sus camas, coches u oficinas, las personas que Sandra había perdido también murieron.