jueves, 13 de noviembre de 2008

Las castañas

Las castañas

Cada vez que Sandra perdía a una persona, recogía una castaña en la calle y la unía a su colección. Al principio le parecía que lo hacía al azar, pero luego se daba cuenta de que las castañas que recogía se asemejaban en algo a las personas perdidas. Por las tardes, cuando volvía de la oficina, nada más entrar en su casa, se dirigía a la ventana de su cuarto, donde guardaba las castañas, y las cogía una tras otra, las acariciaba y las frotaba con los dedos, de modo que nunca perdían el brillo.

Al cabo de un rato tenía que devolver las castañas a su sitio para dedicarse a los quehaceres domésticos, sin embargo, nunca dejaba de pensar en ellas, y, tarde o temprano, regresaba a su habitación y se quedaba allí hasta que se dormía.

Todos los días escogía una castaña para hablar con ella.

La separaba del resto del grupo, la acercaba a los ojos y la estudiaba, moviendo monótonamente la cabeza. Sus palabras, en el límite entre el susurro y el silbido, eran prácticamente imperceptibles: las pocas veces que llegaban a entenderse, sonaban hasta ridículas:

- Vaya, vaya, qué escuchimizado estás,- le decía a una castaña,- pareces un gato callejero, y de los peores de su especie.

- Cierra los ojos, hojita de roble, - le decía a otra. – Estás cansado y hastiado, pero te voy a dar un beso de mariposa, y te curarás.

Sin embargo, también había días en los que Sandra sólo miraba por la ventana, con la castaña apretada en el puño, y no despegaba los labios para pronunciar siquiera una palabra. Parecería dormida si su cuerpo no se estremeciera de vez en cuando, con determinada ritmicidad, como el mecanismo de esos relojes que saben dar la hora.

En realidad en esos momentos de abstracción Sandra escuchaba a las castañas. Para oírlas mejor tenía que concentrarse entera, encogida al borde de la cama, percibiendo las pequeñas vibraciones que emitían las castañas. Y se estremecía cuando alguna de ellas soltaba un grito de dolor.

- ¡Preferiría estar muerto que vivir al lado de esta mujer!

- ¿Por qué te hice abortar? A veces sueño con el niño que nunca tuvimos.

- ¡Cómo pincha esa rosa que me tiraste a la cara! Todavía me duelen las heridas. Este ardor... ¡no puedo soportar este ardor!

Si los gritos se volvían inaguantables, Sandra, sin romper su silencio, alargaba la mano y cogía la castaña desesperada. Sus delicadas manos alisaban las arrugas y calmaban el dolor. Era como si dijeran: “Ya sé que te has equivocado. Sé que preferirías morirte. Pero mientras te recuerde seguirás conmigo, aunque te haya perdido.”

Bajo el peso de los recuerdos el cuerpo de Sandra se desmoronaba y, ya tumbada, se quedaba dormida.

Pero aún dormida no paraba de hablar con las castañas.

En sus sueños era un árbol que daba frutas. Bajo su peso se curvaban las ramas, y la sensación de llevar frutas dentro de su cuerpo la hacía reír tan despreocupadamente como nunca había hecho despierta.

Cuando Sandra murió los vecinos se asombraron al ver su espléndida colección de castañas: descansando en el alféizar de la ventana y expuestas a la luz del sol brillaban y emitían destellos de colores.

- Se ve que les tenía mucho cariño,- observó un vecino. - ¿Por qué no las enterramos junto con ella?

Lo dicho, hecho. Y a los allí presentes no se les escapó un rescoldo de sonrisa en la boca de la difunta un momento antes de que cerraran el ataúd y los primeros pedazos de tierra cayeran encima.

- ¡Qué complacida está con sus castañas,- comentó la gente. – Y... ¡cómo brillan!

Aquel día, en sus camas, coches u oficinas, las personas que Sandra había perdido también murieron.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Qué bonito y al mismo tiempo tan triste...


Ana Z.

Anónimo dijo...

algo muy tuyo...:))) escalofríos...

Jorge (Георгий Нуждин) dijo...

Las mujeres son capaces de llevar dentro una congoja inefable mezclada con un enorme amor. Unidos al tremendo egoísmo de los hombres creo que pueden llegar a producir efectos, diríamos nosotros, sobrenaturales. Pero ¿no serán sobrenaturales el egoísmo, la dejadez, la rutina y el desprecio?