




La mañana de un domingo que aún está remoloneando en la cama, una mañana insegura, aunque con cierta rebeldía y torpeza adolescente. El sol tampoco se decide a salir, está probando, sacando una patita de debajo de la manta y volviéndola a meter: hace frío. Las calles envueltas en un silencio de algodón están vacías.
Esta plaza no es ni famosa ni especialmente bonita, y mis padres, que ven por todos lados barrios de mala reputación, se ponen al acecho, fruncen el entrecejo y empiezan a empujarme para que los lleve a otro sitio. No puedo: algo me está llamando. Necesito orientarme, andar por ahí un ratito para oír desde dónde viene la voz.
Ah, por ahí. O no.
Me detengo.
Y oigo una conversación a grito pelado. Son dos mujeres, según me parece.
Hago una señal a mis padres para que me esperen y los dejo...
Cuando pasa un cuarto de hora mis padres me dan por secuestrado o, peor aún, asesinado, y se asoman, no sin miedo, al callejón. Pero ya estoy solo, todos se han ido. Se han perdido lo mejor, pero es que los padres de uno siempre se pierden lo más interesante.
Las mujeres que parecían estar discutiendo eran dos. Una anciana que apenas contaba con cuatro dientes, de cara risueña y una nobleza que traslucía los límites de su cuerpo venía de llevarles leche a un sinfín de gatos. Me dejó verlos por una grieta en la puerta, eran alrededor de cincuenta, o cien, gatos de toda clase y de todos los colores imaginables, cachorros y expertos, machos y hembras. Se agolpaban en torno a un cuenco enorme del que bebían ansiosamente. ¿Le gustan los gatos? me pregunta la mujer. ¡Dios le bendiga! Debe de ser muy buena persona... Mientras la otra, al enterarse de que tengo familia catalana se pone a contarme en catalán, que no olvida, cómo se había afincado en Granada y qué buena gente vive allí y qué buen aire.
Levanto la cabeza. La pared de la casa parece un cuadro moderno. Me habría gustado sacarle la foto a la anciana, pero algo me dice que no. Se van las mujeres y la plaza poco a poco se convierte en algo ordinario, no en un paquete de acelgas, pero casi, casi.
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