sábado, 17 de enero de 2009

EXISTENCIAS

Un movimiento ligero, y del bote sale un chorro exuberante de espuma. Me la aplico a la cara, sólo una pequeña parte, lo justo para afeitarme el bigote. Me miro.
Me miro y veo una cara que reconozco enseguida, una cara que ha sido joven y algún día será vieja y arrugada. ¿Por qué me resulta tan fácil reconocerla? ¿Por qué no me he quedado con mi imagen de hace, pongamos, quince años? ¿Será que he envejecido exactamente lo mismo que mi cara? ¿O es que no atino a ver los muchísimos sellos con los que nos marca la vejez?
Me acerco al espejo y me pongo a escudriñar los pliegues y las arrugas. No son muchas, y parecen ser de hace tiempo ya. Pero tampoco he cambiado mucho en los últimos años.
En mi mano derecha todavía sujeto la cuchilla. Es la misma que me regalaron cuando empecé a afeitarme, ahora debe de haber realizado unos seis mil afeitados. No sabría decir cuántos afeitados le quedan aún, pero calculo que va por la mitad: con el tiempo me voy afeitando menos, además, no pienso durar mucho. Hay que decir que con las cuchillas no se sabe, y es probable que un buen día deje de funcionar, aunque su mecanismo, hay que decirlo también, es muy robusto.
Pensándolo bien puede que mi cuchilla siga funcionando hasta después de mi muerte. Alguien la usará, quizás. Me lo imagino sujetando la cuchilla con desconfianza, desconfiando del tacto nuevo que proporciona a sus dedos, de su capacidad de satisfacerle, de su presunto buen funcionamiento. Me lo imagino en un cuarto de baño más bien estrecho y austero, vestido con un pantalón viejo y una camiseta blanca, y con cierta tendencia a echar tripa. Me imagino, por último, su sorpresa cuando él, con la cara llena de espuma y la cuchilla en la mano derecha, se mire en el espejo y perciba una cara lejanamente conocida de un señor mayor, también con una franja de espuma debajo de la nariz.
Qué risa. Mientras me observaba toda la espuma se ha secado.

No hay comentarios: