lunes, 5 de enero de 2009

Petra

El sueño se partió y dejó entrar esa voz. Era lánguida y triste, y también era flexible como el cuerpo de una serpiente. No había otra tristeza en el mundo que aquella acumulada en la voz. Me hablaba desde el más allá, desde la opaca cortina que separa el saber de la ignorancia, y desde allí me revelaba que no hay esperanza que no sea engaño, y me arruinaba y me consolaba arruinándome. Porque no habia salvación, y en eso éramos todos iguales, e dignamente debíamos aceptarlo, esclavos que éramos.
Y era bonita la voz, sí que lo era... No sabría decir si era masculina o femenina: de mujer era su ternura, y de hombre, la desesperación. Su fuerza era tal que no intenté huir. Me sabía cautivado, y era dulce el cautiverio, me sabía esclavo, y era inexpugnable la esclavitud. Inútil era luchar contra el destino, el destino que la voz también compartía, y con esa voz quería yo vivir, y morir también quería con esa voz...
Eran olas las melodías que me alcanzaban, y cada una de ellas - ora bajando en semitonos, ora vibrando súbitamente, abriendo un tesoro de profundidades continuas - llegaba hasta mis oídos y retrocedía para dar paso a olas nuevas. Tan presentes como las aguas del mar. Tan lejanas como el propio mar... Volvió a cerrarse la superficie del sueño y me hundí en él.

A la mañana siguiente mi mujer, que no había oído nada, se divirtió con mi historia y con mi confusión. Yo mismo me aseguré de que lo había soñado. Pasé el día intentando convencerme de que nadie había robado mi corazón, y de que la dulce angustia que encadenaba mi pecho no era más que sombra de un oscuro presentimiento. Hasta que llegó la noche. Hasta que al apagarse el último rescoldo de luz, la voz de muecín prorrumpió en mis oídos y selló la cadena de la eterna esclavitud, y mandó serpientes que devoraran mi corazón. Y entonces la dulzura llenó todo mi ser, porque aquella voz ahora sonaba en mí, y nunca más sería libre.




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