por la ventana del tren se despedía un paisaje...
más que un paisaje, una novela de invierno se iba disminuyendo y diluyéndose en los cristales empañados. Mientras tanto, atardecía. El color se volvía más carmín, más sangre, aunque el sol seguía invisible. Y cuando salió, no debió de creerse lo que veía: árboles acristalados de color lila contra un campo surcado en el que permanecían inertes los copos de nieve, que, hacía momentos, aún luchaban por sobrevivir en el aire tensado por la ventisca.



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