miércoles, 28 de enero de 2009

La puerta se abre...

El coche sube la cuesta suavemente como si estuviera untando pan con mantequilla. El susurro de los neumáticos es lo único que resuena en el silencio: nunca escucho música en el coche. Prefiero oír la carretera y pensar. Pensar... al ritmo de la carretera.
Hay poco tráfico hoy, y en una carretera comarcal no te topas con otros coches en todo el trayecto. El paisaje se acerca y lo van tragando las ruedas y los ojos, algo indiferentes ya por la cantidad de la experiencia engullida.
Sin embargo, nunca dejan de esperar algo...
Como ahora. Porque mi cuerpo ya presiente lo que va a pasar: va a sonar mi teléfono. De hecho, ya lo oigo sonar, oigo llamadas que se interrumpen y vuelven con una insistencia tenaz. Es ella. Me sorprendo porque no tenía que llamarme, no nos conocemos mucho, sin embargo sé que la llamada es suya antes de coger el teléfono.
Pero es inútil coger el teléfono porque nunca hubo una llamada. He oído sonar el teléfono que estaba más mudo que una tumba.

La puerta se abre sin oponer resistencia. Dos balones cubiertos de nieve en la piscina parecen restos de un naufragio. Se mecen pausadamente, y la nieve, también sin prisas, se derrite empezando por los bordes.
Entro, y me recibe el olor familiar que a todas horas invade esta casa, un olor como a perro mojado, a espacio cerrado, a cariño mezclado con angustia. La subida me ha agotado, y me cuesta vencer los tres tramos que me separan de su puerta. Me detengo en los rellanos y respiro. Por fin. La puerta.

El timbre suena tan débilmente que quiero repetir, pero enseguida echo de menos algo que no consigo captar. ¿Qué era? ¡Ah, el perro! - mala señal. Por muy tímido que sonara el timbre se ponía a ladrar como una bestia. Ahora el silencio ensordece. ¿Lo habrán sacado a pasear? Sin saber por qué me resisto a creerlo. Bajo.
Bajo, pero antes de empuñar el pomo del portal algo me agrede la vista: es el buzón cuya portezuela se abre y se cierra siguiendo los imperceptibles vaivenes de la corriente. Sí, es suyo - o era suyo - ahora sus reventadas tripas sólo exponen dos anuncios ciegos, carentes de destinatario y de personalidad.
¿Por qué abandonó esta casa? La pregunta me quema por dentro sin dar lugar a otros sentimientos. No sé qué contestar. No sé qué pensar. Aturdido, bajo el último tramo de escalera en el que aún quedan restos de hojas secas que piso con toda la conciencia que conservo.

Hay pocas cosas tan hermosas como el cielo. Siempre cambiante, siempre presente. Barcos que vienen, barcos que se van, pesados navíos de carga, ligeras goletas maniobrando por aquí y por acá. Y sus pasajeros, ánimas que recientemente abandonaron los cuerpos que les servían de vivienda, se amontonan en la cubierta y son como velas que despliega el viento. Una mirada larga hacia el cielo, y la angustia se convierte en tristeza, y la tristeza se disipa dejando una huella honda con sabor a pomelo amargo, sabor que te llena la boca cuando miras hacia atrás y piensas en el pasado. Estamos surcados por estas huellas que no dejan crecer otras hierbas que no sean ajenjo, ni arbustos que no sean cardos. Y, sin embargo, tienen una dulzura...
Por la calle pasa una chica, me fijo en su rostro ovalado, correcto. Tiene un aire a la otra, la que se ha ido. Una piel lisa y suave. Unos ojos diáfanos y quietos. Busco en ella brotes de locura, de sufrimiento o de suicidio y no los encuentro. Pero sé que las llaves con que está cerrada su casa están siempre al alcance de su mano. Ahí están colgadas, justo en el marco de la puerta – no cuesta mucho cogerlas y abrir... como ha hecho la otra.
Las piernas me llevan calle abajo, y las obedezco. Aún me queda recorrer las diecinueve calles restantes del pueblo.

Tengo frío.
El cielo se vuelve gris, ya no es la severa estampa de lo divino que era hace apenas una hora. Me apoyo contra un muro: no me tengo en pie. Y siento que la piedra respira.
Desde dentro de la piedra musgosa sale una exhalación profunda como un lamento contenido durante horas que se libera por fin. Huir. Escaparme. Poner los pies en polvorosa.
Pero no puedo.
Sigo oyendo esos gemidos rítmicos, aunque muy muy muy lentos, lentísimos. ¿De qué se quejará la piedra? ¿Me querrá avisar de algo?
Me relajo y mi aliento se mezcla con el de la piedra. Una inspiración y – tras una pausa larguísima – una exhalación. Una inspiración y – tras una pausa larguísima – una exhalación. Me siento empedrecer. Lento, muy lento me despego del muro. No doy ni cuatro pasos cuando me alcanza una oleada de tristeza, el último mensaje de la piedra.

Andando, andando, andando. Están vacías las calles, y el cielo ahora es lila. Pronto llega el anochecer. Ni una sola persona, sólo la menuda arenilla de la nieve contra la cara. De repente, lo oigo. Me estremezco de alegría: se me está acercando con esa sonrisa de culpa en el hocico... ¿Será posible? Lo observo con atención: sí, parece su perro, sólo esos gruñidos quizás me resultan raros porque su perro no gruñía así, más bien gemía o ladraba. No tenía término medio. Eso sí, es negro, es muy negro. No recuerdo ningún otro perro que fuera tan negro. Lo acaricio, y me mira con desconfianza, pero se deja acariciar. Igual que aquel... Llevaba en los ojos un susto y una interrogación, y en el cuerpo, una desconfianza que lo hacía vibrar. Yo sabía que en cualquier momento iba a convertirse en un salto de ataque esa vibración... pero nunca escapé a la tentación de acariciarlo.
Bueno, ahora somos dos. Y parecemos los únicos seres vivos que están en la calle. Los faroles dan una luz amarillenta, las casas guardan sus patas en el caparazón y se arrebujan dentro. He dicho que somos dos, pero es mentira, somos cuatro: mi sombra, la sombra del perro, el perro y yo. Y a veces, cuando las sombras se desdoblan, parece que nos escoltan. Vaya escolta más flaca. Hago un acopio de valor y me río. El perro se sienta y me mira fijamente. El perro me mira.
Y ahora soy yo quien nos mira a los dos.
Dios.
¿Qué es eso?
La luz de los faroles parece un jarabe pegajoso que sale de las heridas y se adhiere a la calle, al suelo, al aire. Estoy enfermo. Me voy a morir. Me voy a morir y tengo miedo.

Es curioso porque nunca me había dado miedo la muerte. Y no es que fuera valiente. Es distinto, porque quien desconoce el peligro no puede tenerle miedo.
Es en la boca del estómago donde me entra. La enorme angustia de sentirse mortal, y próximamente mortal. El sabor a corteza de árbor de tu aún existencia.
¿Cómo podía imaginarme eterno?
Me quiero reír, y no me sale.
El perro se pone a perseguir su cola, y lo estoy viendo – nos estoy viendo en un pueblo vacío en una plaza absurda en una ventisca eterna.

He estado caminando demasiado. Porque el pueblo ha quedado detrás. Estoy en un bosque. Me echo directamente en la nieve, que enseguida adopta mi forma. Ahora encima tengo los árboles.

Sus cuerpos esbeltos aguantan el peso de la noche. Cada uno de ellos canta, y cantan todos a la vez, aunque cada uno de ellos lleve su melodía. Me incorporo un poco y veo que estoy dentro de un coral, una inmensa partitura que se interpreta sola. Se recorre por los caminos que no se ven, pero se viven. El firmamento arbóreo se cierra encima de mi cara y empieza a dar vueltas. Ramas, troncos, troncos, ramas.
Y lo último que veo: la boca abierta del perro negro, su larguísima lengua roja que cuelga del belfo.

lunes, 26 de enero de 2009

En torno a una plaza granadina






La mañana de un domingo que aún está remoloneando en la cama, una mañana insegura, aunque con cierta rebeldía y torpeza adolescente. El sol tampoco se decide a salir, está probando, sacando una patita de debajo de la manta y volviéndola a meter: hace frío. Las calles envueltas en un silencio de algodón están vacías.
Esta plaza no es ni famosa ni especialmente bonita, y mis padres, que ven por todos lados barrios de mala reputación, se ponen al acecho, fruncen el entrecejo y empiezan a empujarme para que los lleve a otro sitio. No puedo: algo me está llamando. Necesito orientarme, andar por ahí un ratito para oír desde dónde viene la voz.
Ah, por ahí. O no.
Me detengo.
Y oigo una conversación a grito pelado. Son dos mujeres, según me parece.
Hago una señal a mis padres para que me esperen y los dejo...

Cuando pasa un cuarto de hora mis padres me dan por secuestrado o, peor aún, asesinado, y se asoman, no sin miedo, al callejón. Pero ya estoy solo, todos se han ido. Se han perdido lo mejor, pero es que los padres de uno siempre se pierden lo más interesante.
Las mujeres que parecían estar discutiendo eran dos. Una anciana que apenas contaba con cuatro dientes, de cara risueña y una nobleza que traslucía los límites de su cuerpo venía de llevarles leche a un sinfín de gatos. Me dejó verlos por una grieta en la puerta, eran alrededor de cincuenta, o cien, gatos de toda clase y de todos los colores imaginables, cachorros y expertos, machos y hembras. Se agolpaban en torno a un cuenco enorme del que bebían ansiosamente. ¿Le gustan los gatos? me pregunta la mujer. ¡Dios le bendiga! Debe de ser muy buena persona... Mientras la otra, al enterarse de que tengo familia catalana se pone a contarme en catalán, que no olvida, cómo se había afincado en Granada y qué buena gente vive allí y qué buen aire.
Levanto la cabeza. La pared de la casa parece un cuadro moderno. Me habría gustado sacarle la foto a la anciana, pero algo me dice que no. Se van las mujeres y la plaza poco a poco se convierte en algo ordinario, no en un paquete de acelgas, pero casi, casi.

miércoles, 21 de enero de 2009

y unas más


Cuatro horas en Córdoba






...son poco tiempo para disfrutar de una ciudad que merecería semanas de estudio - y meses de descanso, que para esto creó Dios Andalucía. Os dejo un par de fotos de la Mezquita y algunas de la ciudad, y cuando Blogger me lo permita, otra del puente romano.

sábado, 17 de enero de 2009

EXISTENCIAS

Un movimiento ligero, y del bote sale un chorro exuberante de espuma. Me la aplico a la cara, sólo una pequeña parte, lo justo para afeitarme el bigote. Me miro.
Me miro y veo una cara que reconozco enseguida, una cara que ha sido joven y algún día será vieja y arrugada. ¿Por qué me resulta tan fácil reconocerla? ¿Por qué no me he quedado con mi imagen de hace, pongamos, quince años? ¿Será que he envejecido exactamente lo mismo que mi cara? ¿O es que no atino a ver los muchísimos sellos con los que nos marca la vejez?
Me acerco al espejo y me pongo a escudriñar los pliegues y las arrugas. No son muchas, y parecen ser de hace tiempo ya. Pero tampoco he cambiado mucho en los últimos años.
En mi mano derecha todavía sujeto la cuchilla. Es la misma que me regalaron cuando empecé a afeitarme, ahora debe de haber realizado unos seis mil afeitados. No sabría decir cuántos afeitados le quedan aún, pero calculo que va por la mitad: con el tiempo me voy afeitando menos, además, no pienso durar mucho. Hay que decir que con las cuchillas no se sabe, y es probable que un buen día deje de funcionar, aunque su mecanismo, hay que decirlo también, es muy robusto.
Pensándolo bien puede que mi cuchilla siga funcionando hasta después de mi muerte. Alguien la usará, quizás. Me lo imagino sujetando la cuchilla con desconfianza, desconfiando del tacto nuevo que proporciona a sus dedos, de su capacidad de satisfacerle, de su presunto buen funcionamiento. Me lo imagino en un cuarto de baño más bien estrecho y austero, vestido con un pantalón viejo y una camiseta blanca, y con cierta tendencia a echar tripa. Me imagino, por último, su sorpresa cuando él, con la cara llena de espuma y la cuchilla en la mano derecha, se mire en el espejo y perciba una cara lejanamente conocida de un señor mayor, también con una franja de espuma debajo de la nariz.
Qué risa. Mientras me observaba toda la espuma se ha secado.

España nevada

Por la ventana del tren se alejaba...
por la ventana del tren se despedía un paisaje...
más que un paisaje, una novela de invierno se iba disminuyendo y diluyéndose en los cristales empañados. Mientras tanto, atardecía. El color se volvía más carmín, más sangre, aunque el sol seguía invisible. Y cuando salió, no debió de creerse lo que veía: árboles acristalados de color lila contra un campo surcado en el que permanecían inertes los copos de nieve, que, hacía momentos, aún luchaban por sobrevivir en el aire tensado por la ventisca.




martes, 13 de enero de 2009

КЛЮЧ

Жесткий ключ холодит руку – так вещественно, как жизнь, а, может, вещественнее, чем жизнь. Я подхожу к дому, и держать ключ в руке необыкновенно приятно, потому что ощущаешь себя властителем царства, капитаном корабля. Даже если дом не твой, ключ от дома превращает тебя в хозяина дома. Ты покоряешь дом ключом, как собаку покоряют ошейником.
Судьба разбрасывает людей по неизвестным городам, где они находят никудышную работу и, кое-как перебиваясь, живут отчужденно-монотонной жизнью. Что бы делали они без ключей от дома? С каким чувством подходили бы к двери, которую и открыть-то сами не в состоянии?
Я помню, как сам терял ключи, давно, еще ребенком: помню страх и радость бездомности и неприкаянности, сладкое знание того, что весь мир – твой, но до отчаяния и слез – чужой. Помню пустые проулки, в которых растворялись следы одноклассников, в общем-то, не стремящихся вернуться домой, но все же – уходящих. Даже камешек, которым хорошо было тренькать об избитый бордюр тротуара, и тот был роднее. А потом пришли сумерки, и растворили меня в себе. В бесцветных уже ноябрьских листьях. В желтоватом продолговатом свете провисающих фонарей. Когда меня нашла мама сидящим на заборчике у подъезда, это уже был не я, а синяя пыльная школьная форма с оторванной пуговицей посередине.
Вещественность ключа сродни вещественности топора. Что может быть реальнее топора, которым палач рубит шею? Оба они из железа, оба – отворяют дверь. Удивительные эмиссары, наладившие сообщение между двумя мирами. Но топор рубит не глядя, не выбирая себе жертву. Ему все равно, чью шею вскрывать. А ключ все-таки твой. Он открывает мир, который ты сам обустроил и обжил, в конечном счете – создал. Он покоится в твоем кармане, как гарантия существования, а отчасти – как цепь, на которую мы посажены, ведь любое спокойствие – это маленькая смерть. Спокойствие, предельно важное для твоей семьи, чья задача состоит как раз в том, чтобы цепи эти никогда не прервались.
Поэтому мама, обнаружив меня сидящим на заборчике у подъезда, в ту же ночь пришила мне ключ на веревочку к пиджаку школьной формы. Так я и ходил с ним, пока из пиджака не вырос и дом родителей своих навсегда покинул.

miércoles, 7 de enero de 2009

Más fotos de Jordania

Si queréis ver más fotos de Jordania, están en

http://picasaweb.google.ru/jorgemoscu/Petra#

Un abrazo,
Jorge

lunes, 5 de enero de 2009

Petra

El sueño se partió y dejó entrar esa voz. Era lánguida y triste, y también era flexible como el cuerpo de una serpiente. No había otra tristeza en el mundo que aquella acumulada en la voz. Me hablaba desde el más allá, desde la opaca cortina que separa el saber de la ignorancia, y desde allí me revelaba que no hay esperanza que no sea engaño, y me arruinaba y me consolaba arruinándome. Porque no habia salvación, y en eso éramos todos iguales, e dignamente debíamos aceptarlo, esclavos que éramos.
Y era bonita la voz, sí que lo era... No sabría decir si era masculina o femenina: de mujer era su ternura, y de hombre, la desesperación. Su fuerza era tal que no intenté huir. Me sabía cautivado, y era dulce el cautiverio, me sabía esclavo, y era inexpugnable la esclavitud. Inútil era luchar contra el destino, el destino que la voz también compartía, y con esa voz quería yo vivir, y morir también quería con esa voz...
Eran olas las melodías que me alcanzaban, y cada una de ellas - ora bajando en semitonos, ora vibrando súbitamente, abriendo un tesoro de profundidades continuas - llegaba hasta mis oídos y retrocedía para dar paso a olas nuevas. Tan presentes como las aguas del mar. Tan lejanas como el propio mar... Volvió a cerrarse la superficie del sueño y me hundí en él.

A la mañana siguiente mi mujer, que no había oído nada, se divirtió con mi historia y con mi confusión. Yo mismo me aseguré de que lo había soñado. Pasé el día intentando convencerme de que nadie había robado mi corazón, y de que la dulce angustia que encadenaba mi pecho no era más que sombra de un oscuro presentimiento. Hasta que llegó la noche. Hasta que al apagarse el último rescoldo de luz, la voz de muecín prorrumpió en mis oídos y selló la cadena de la eterna esclavitud, y mandó serpientes que devoraran mi corazón. Y entonces la dulzura llenó todo mi ser, porque aquella voz ahora sonaba en mí, y nunca más sería libre.




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* * *

Снегопад, колокольный трезвон
Снег идет, словно снится мне сон
Служка в колокол медленно бьет
И метели сухой хоровод
Льет из горла колоколов
Из дурной бесконечности слов.

Черный дьякон дает знак молчать
Но ведь колокол как же унять?
За язык его служка дерет
И он бьет себе, бьет себе, бьет
И снежинки огромной толпой
Входят в церковь – и шапки долой.

Из дурной бесконечности сна
Эта сцена видна мне, видна
Поп с хоругвью выходит – опять
Причащать, целовать и прощать
И снежинки, припавши к перстам,
Их целуют, и светится храм.

Снегопад, колокольный трезвон
Снег идет, словно снится мне сон
Я и плачу во сне, и иду
В колокольном полночном бреду
В светлый сумрак и звон, все вперед,
Там, где валит из церкви народ




* * *

Помню дым, и помню чье-то плечо
В бок упершееся, и горячо
Руку обжигающий стакан. И еще
Ободряющей улыбки клочок.

Тесноту той кухни, ее уют,
Сладкий пот, как мед, от притихших тут
В уголке Москвы вдохновенных лиц –
Лицемерье ненавидящие столиц.

Помню детский пыл и пустой бокал
Равновесье тел, веру в идеал
И сплоченность всех, всех мятежных слов
И любовь.
И снег.
Ход стенных часов.



* * *

Девушка в монистах, земля в туманах
Ночь в кострах болотистых, мглистых
Ржанье лошадей, от луны пьяных
Пегих и караковых, золотистых.

Облако луну накрыло, и они в смуте
Удила кусают и ржут призывно,
Чуя: этой ночью на перепутье
Двум судьбам сойтись, одной – сгинуть.

Что за ночь! Что за ночь! Костров пляски
Кому сон, кому нож с рукояткой черной
Лошади пьяны от луны красной
Кто-то смотрит горячо, а кто – обреченно.